Camilo Garcia

Camilo García
DA VOZ A ANTHONY HOPKINS, HARRISON FORD, GENE HACMAN Y GÉRAR DEPARDIEU

Salta pronto del teatro independiente a los estudios de grabación. Atrás quedan las aventuras talíacas con Mario Gas, otro as del doblaje, y José Luis Gómez. Emparentado con una familia de actores que también pasaron por el estudio (sus suegros, Paquita Ferrándiz y Pedro Gil), y con la venia de su mujer, la actriz Maife Gil, que también le da al micro, el primer papel de Camilo García es un Harrison Ford, en La guerra de las galaxias, cuando apenas es conocido.

Excepto la retahíla del arca perdida, dobla bastante a este hollywoodiense, pese a parecerle una estrella de tenue brillo actoral. Poco después, por casualidad, da con un actor que se ha convertido en uno de sus habituales, Anthony Hopkins. ¿Quién no recuerda el susurro, frío y psicopático, de Hannibal Lecter en El silencio de los corderos? Camilo destaca en Hopkins el hieratismo shakespeariano que hereda como discípulo de sir Laurence Olivier. Ahora, a base de tragarse tantos fotogramas de personajes cínicos y retorcidos, ya le ha descubierto todas las trampas.

A pesar de ser veinte años mayor, Gene Hackman también forma parte de su extenso parque de actores, desde que lo dejó José Luis Sansalvador. El doblador aprecia en Hackman el carácter de actor instintivo, redondo, que siempre tiene consciencia de estar ante la cámara para acometer las exigencias del director y del personaje. Finalmente, la memoria se detiene en la versión de Cyrano de Bergerac, que no sólo tradujo personalmente al español en versos alejandrinos, sino que también se encargó de dirigir, además de doblar a otro de sus habituales, Gérard Depardieu.

Camilo ha hecho de todo, desde convocar a veinte actores para robarles mil voces de ambiente, hasta dirigir películas musicales, como fue el caso de La Bella y la Bestia, en la que los actores cantaban los temas de nuevo, y de cabo a rabo. Apasionado de la ópera en sus ratos de ocio, la garganta de este hombre desprende una cálida e inusual consuetud, quizá por este natural tono roto que expele su prosodia.