Hector Cantolla

Héctor Cantolla
ASUME LOS PERSONAJES DE TERENCHILL Y EL AGUERRIDO SANDODÁN DE KABIR BED

Este cántabro, alto de estatura, nacido en Laredo en 1946, debuta en los micrófonos de la emisora local a los doce años y se instala en la capital en 1966. Recala en Radio España junto a Encarna Sánchez, mientras sigue cursos de arte dramático. Paco Sánchez, la voz de Brando en El Padrino, le llama para una prueba. Entre los actores que afronta recuerda a Edward G. Robinson, que le resulta complicado. Aún se frota los ojos cuando le responden: “Piense en lo que quiere ganar y nos lo dice”. La voz va curtiéndose, sin rival. Cuando dobla al primer protagonista, Héctor pierde tres kilos, de los nervios. Se implica tanto que, en sueños, grita frases del doblaje, “¡te voy a matar!”, hasta que el compañero de pensión le despierta azorado.

En sus más de cuarenta años de carrera, que integran miles y miles de títulos, Héctor Cantolla se ha hecho con las películas de Terence Hill, desde Le llamaban Trinidad al resto de las que rueda emparejado con Bud Spencer. El italiano se le antoja un intérprete guapín, gestual y simpático, de tintes cómicos, que siempre busca la gracia de la situación. Lo ha conocido personalmente, como a otro de sus célebres doblados, Kabir Bedi, intérprete de Sandokán.

A Héctor nunca se le borrará de la memoria la fiesta en que, tras un abrazo rompedor, el actor asiático le agarra por la cabeza para darle un pico en los labios. La lista de Cantolla es infinita, como sus retos dramáticos: la tortura interior de Brando, al que puso la voz en el personaje gay de Reflejos de un ojo dorado; la prohibida ¿Por quién doblan las campanas?, en la que vivifica a Gary Cooper; el cachondeo de Burt Reynolds, un actor de fácil inflexión; el Buffalo Bill de Paul Newman; los musculosos tipos de Schwarzenegger, y multitud de personajes más en interminables series de televisión. Héctor bascula entre Cantabria, donde conserva lazos familiares, y Marbella, donde disfruta de un solaz merecido. Mientras, cortés y con aires de galán, pasea por los nidos del Madrid castizo, donde sus canas profesionales proyectan pura calidad.