Jordi Brau

Jordi Brau
ACAPARA LA MEDIANA EDAD DE TOM CRUISE, NICOLAS CAGE, TOM HANKS Y SEAN PENN

Aunque no es un bisoño porque posee currículum y experiencia, un actor de doblaje nacido en 1958 en Barcelona debe considerarse una persona joven. Brau sigue la tónica del sector. Es decir, pertenece a la generación de Tom Cruise, Tom Hanks o Nicolas Cage, a los que confiere su disimulada y eficaz voz. Retraído y escasamente gestual, empieza haciendo ambientes, estas alertas impersonales que uno oye en el cine: “Vaya con cuidado”, “¿se ha vuelto usted loco?”… Lejos quedan sus balbuceos teatrales y televisivos. En 1981, tras asumir un pequeño papel en America, America, de Elia Kazan, el doblaje le fascina, ya para siempre. Poco después, en Top Gun (1986), toma el brazo de Tom Cruise, un perfecto desconocido en sus inicios, para no soltarlo jamás.

Durante el mismo año, le sucede algo parecido respecto a Tom Hanks, en Esta casa es una ruina, hasta éxitos como Forrest Gump. La retahíla de actores que sustenta Jordi Brau es suculenta: Sean Penn, Robert Williams, Kenneth Branagh, Steven Seagal y Tim Robbins, entre otros. Y cuando da aliento a Philip Seymour Hoffman en Capote, tras el Oscar, la estatuilla le parece un poco propia. Brau se permite una cierta nostalgia: antes, la productora proporcionaba un DVD para estudiar en casa el siguiente doblaje, hoy, por culpa de la piratería, se convoca un pase colectivo en el estudio. El actor acoge el bagaje de sus predecesores, pero siempre se esfuerza para ofrecer algo nuevo. Ve el doblaje como un oficio balsámico, como las buenas traducciones para los admiradores de Rilke que no pueden leerlo en alemán. La dureza del trabajo no le impide relativizar las polémicas que atenazan al sector.

Son modas. Mañana se criticará otra cosa. Últimamente ha doblado a Daniel Day-Lewis, en Nine, y a Tom Cruise, en la película rodada hace poco en Sevilla. Sólo conoce personalmente a uno de sus doblados, Dennis Quaid, pero Hanks y Williams, alguna vez, se han referido a su voz. Brau anda a la chita callando, pero la tenacidad le almacena rollos de títulos para la posteridad.